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Instituto de Diagnóstico y Tratamiento

Las manos aprenden haciendo: el impacto de las pantallas en la motricidad fina infantil

Karen Torres Sosa

Especialista de la Unidad de Cuerpo y Movimiento

Instituto de Diagnóstico y Tratamiento-CPAL

Hoy es común ver a niños pequeños usando un celular mientras esperan en un restaurante, viajan o comen. Para muchas familias, las pantallas se han convertido en un recurso inmediato para entretenerlos o calmarlos en determinados momentos del día.

Sin embargo, surge una pregunta valiosa: ¿cómo influye este tiempo frente a las pantallas en el desarrollo de las habilidades manuales que los niños necesitan para desenvolverse con autonomía en su vida diaria?

Vivimos en una era digital

Los niños se incorporan a la cultura digital desde edades cada vez más tempranas y la introducción temprana a las pantallas suele relacionarse con mayores tiempos de uso en etapas posteriores, sobre todo cuando estos dispositivos ocupan espacios antes destinados al juego y la interacción familiar.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia Americana de Pediatría (AAP) recomiendan evitar las pantallas antes de los dos años y limitarlas a una hora diaria entre los 2 y 5 años, priorizando contenidos adecuados y acompañados por un adulto. En España, la Asociación Española de Pediatría fue más allá en diciembre de 2024, al extender el «cero pantallas» hasta los 6 años.

La clave no está solo en cuánto tiempo pasa un niño frente a una pantalla, sino en qué experiencias importantes puede estar dejando de vivir mientras permanece conectado.

¿Por qué la motricidad fina es tan importante?

La motricidad fina es la capacidad de coordinar movimientos precisos de las manos, los dedos y la visión para realizar tareas de la vida diaria. Permite que un niño participe con creciente independencia en actividades como comer, vestirse, jugar con objetos reales, dibujar o explorar el mundo mediante la manipulación.

Cada una de estas experiencias fortalece no solo las manos, sino también la planificación motora, la atención, la resolución de problemas y la confianza del niño en sus propias capacidades.

¿Cómo aprenden realmente nuestras manos?

Las manos se desarrollan a través de la experiencia. Cuando un niño amasa plastilina, construye una torre de bloques o manipula objetos con distintas texturas, su sistema nervioso recibe información sobre el peso, la resistencia, forma y fuerza, y el cerebro ajusta los movimientos hacia una precisión cada vez mayor.

La investigación en neurodesarrollo explica que el cerebro aprende cuando el niño actúa y observa el resultado de sus acciones. Si toma un bloque con demasiada fuerza y se cae, o si al principio no logra encajar una pieza, va ajustando poco a poco sus movimientos. Ese proceso de intentar, equivocarse y volver a intentar es el que permite desarrollar cada vez mayor precisión con las manos.

Las pantallas, en cambio, ofrecen una experiencia sensorial más limitada. Aunque favorecen la coordinación ojo-mano y algunos aprendizajes visuales, no reemplazan la variedad de estímulos que aporta la interacción con objetos tridimensionales, donde intervienen el peso, la textura y la posibilidad de transformar físicamente el entorno.

Lo que dice la evidencia científica

El uso prolongado de pantallas, especialmente cuando desplaza actividades esenciales del desarrollo, se asocia con menores oportunidades para practicar habilidades motoras. Un estudio realizado con preescolares, que evaluó la motricidad fina con pruebas estandarizadas y no solo con reportes de los padres, encontró un vínculo negativo entre el tiempo de pantalla y el desarrollo posterior de estas habilidades. En niños de 3 años evaluados con la Escala de Desarrollo Motor Peabody (instrumento que mide el desarrollo motor grueso y fino en niños pequeños), quienes tenían mayor tiempo de pantalla sin supervisión mostraron puntuaciones más bajas en motricidad fina que en gruesa.

Vale resaltar que no siempre implica una relación directa: una revisión en menores de 24 meses concluyó que, si bien existe relación con ciertas dificultades del desarrollo, no se ha demostrado que la exposición a pantallas cause por sí sola un daño cognitivo o motor. Esto confirma que la tecnología no sería el único factor: el acompañamiento familiar, la calidad del contenido y las oportunidades diarias de juego cumplen un papel fundamental.

Las pantallas no dañan las manos por sí mismas. El desafío aparece cuando el tiempo digital reemplaza momentos valiosos de juego libre, movimiento e interacción social. Jugar, ayudar en casa, vestirse, alimentarse y crear son experiencias que construyen habilidades motoras, cognitivas, emocionales y sociales al mismo tiempo. Cada actividad cotidiana es una oportunidad de aprendizaje: una comida compartida, una tarea sencilla en casa o un juego espontáneo pueden convertirse en escenarios donde el niño desarrolla autonomía y seguridad.

Algunas orientaciones prácticas para las familias

  • Favorecer durante los primeros años experiencias reales de juego, movimiento e interacción.
  • Priorizar momentos libres de pantalla, en comidas, juego familiar y antes de dormir.
  • Promover el juego manipulativo, con bloques, plastilina, rompecabezas y pintura.
  • Incluir a los niños en tareas cotidianas, como amasar, ordenar o cocinar con supervisión.
  • Favorecer la autonomía, permitiendo que intenten abotonarse o resolver pequeños desafíos por sí mismos.
  • Acompañar el uso de pantallas, conversando sobre los contenidos en vez de usarlas como único entretenimiento.

Acompañar el proceso de aprendizaje implica permitir que el niño intente, se equivoque y vuelva a intentarlo. Cuando una torre de bloques cae o una actividad toma varios intentos, el niño está ajustando sus movimientos, resolviendo problemas y fortaleciendo su confianza.

Las pantallas forman parte del mundo actual y pueden integrarse en la vida familiar de forma equilibrada. Lo importante es que, durante los primeros años, sigan existiendo espacios cotidianos para construir con bloques, moldear plastilina o explorar objetos con las manos, porque es ahí donde se sienta la base de la motricidad fina y de la autonomía futura del niño.

Desde la Unidad de Cuerpo y Movimiento del CPAL promovemos una mirada integral del desarrollo infantil, acompañando a niños y familias en la construcción de mayor participación, independencia y bienestar en sus actividades cotidianas.

Referencias

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