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Enseñando a resolver conflictos a nuestros hijos
Octubre 24, 2014

Las diferencias entre las personas han existido y existirán siempre en las relaciones interpersonales de los seres humanos. Hoy en día se requiere que las personas tengan desarrollada la competencia de la resolución de conflictos en su labor profesional y personal, siendo ideal fomentar la competencia en mención desde temprana edad.

Lo primero a tener en cuenta es cómo aprenden las personas

Existen cuatro formas de aprendizaje descritas clásicamente en el ámbito de la psicología denominadas Clásica, Operante, Vicaria y Cognitiva de las cuales para fines prácticos solo tomaremos en cuenta las tres últimas porque la primera de ellas está asociada a un aprendizaje controlado por variables de laboratorio lo cual no tiene un fin práctico para las pautas del presente artículo.

El aprendizaje Operante es aquel que nos condiciona de acuerdo con las consecuencias positivas y negativas que recibimos por nuestra forma de comportarnos o por los logros que obtenemos, siendo un aprendizaje directo y vivencial.

El aprendizaje Vicario se desarrolla a través de las consecuencias que observamos que les suceden a otras personas por los actos que cometen, mientras que el aprendizaje cognitivo se desarrolla en función a lo que nuestra mente estructura por lógica y sentido común.

Es importante tener estos datos sobre como aprenden las personas porque cuando le enseñamos a nuestros hijos estrategias de resolución de conflictos estamos empleando todos los canales de aprendizaje, aplicando consecuencias por la forma cómo se resuelven pero a su vez siendo modelos de aprendizaje para ellos.

Tener la cabeza fría

Antiguo es el dicho por las personas de edad avanzada cuando recomendaban contar hasta diez antes de emitir un comentario o tomar alguna acción cuando algo nos incomodaba. Ese consejo tiene un principio neurofisiológico que seguramente aquellas personas de buen juicio no comprendían en su momento.

Las emociones se producen como consecuencia de redes neurales que se activan en el sistema límbico del cerebro las cuales se conectan con el lóbulo frontal para desarrollar una acción o establecer una idea.

En ese sentido si actuamos cuando estamos activando el sistema límbico lo más probable es que nuestra reacción este cargada por la emoción imperante sin haber alguna connotación racional en la misma y por ende nos lleve a emitir una respuesta inadecuada que lejos de resolver el problema inicial lo complique más.

¿Qué hacer cuando surge un problema?

·  Lo primero es cerciorarnos que las respuestas que vayamos a dar no estén contaminadas del todo por una emoción irracional.

·  Las técnicas conductuales cognitivas de relajación, tiempo fuera  o inoculación del estrés nos pueden servir en ese momento. Es decir, hacer una pausa para disminuir las revoluciones internas lo cual puede conllevar no solo contar hasta diez sino saber respirar y darnos autoinstrucciones para calmarnos.

·  Luego de haber tomado tiempo suficiente para disminuir la cólera, angustia, tristeza u otra emoción negativa, empezar a elaborar diversas alternativas de solución del problema.

·  Es importante evaluar las ventajas y desventajas de cada una de las alternativas de solución para finalmente elegir la más apropiada y llevarla a cabo.

·  Seguidamente, se debe proceder a la fase metacognitiva evaluando los alcances de la decisión tomada y los sentimientos que suscitan el haber operado de esa manera.

·  Si todavía siguen habiendo diferencias se procede nuevamente con el proceso de elegir alguna otra estrategia elaborada para proceder a ejecutarla haciendo posteriormente un balance de la misma.

·  El aspecto metacognitivo es lo que nos permitirá desarrollar un aprendizaje cognitivo de resolución de la situación de tal forma que se pueda luego extrapolar a situaciones semejantes.

Aprendizaje por modelo

Los primeros modelos de aprendizaje que tenemos son nuestros padres, pudiendo lograr la identificación con cualquiera de ellos

en función a las características personales del aprendiz y del modelo.

Es por ello que aunado al temperamento como parte heredada de la personalidad los jóvenes muchas veces tienen un modo de resolver los conflictos acorde a lo que ven en casa, almacenándose en la estructura de su memoria un proceso válido de replicar en diversas instancias que pueden llegar a desarrollar en el colegio, los estudios superiores, las relaciones de pareja o en el trabajo.

En ese sentido no solo basta con reforzar en casa cuando se observe una adecuada resolución de conflictos o sancionar cuando el modo de operar no coincida con lo previamente acordado, sino hace falta modelar en un primer momento de forma intencionada para luego presentarlo en contextos naturales y de forma espontánea.

¿Qué hacer si mi hijo tiene problemas de impulsividad?

Con mayor razón, el hecho de tener un hijo donde la impulsividad sea una característica significativa en él,  se debe de incorporar pautas previamente aprendidas y automatizadas de tal forma que no se enfrente a una situación conflictiva sin previamente haber almacenado alguna estrategia coherente y asertiva para actuar.

La automatización permitirá que al momento de enfrentar el conflicto no gaste mucho recurso cognitivo en ponerse a pensar o probar alternativas de solución inmediatas y el hecho de conocer técnicas que le permitan disminuir sus niveles de impulsividad hará que no funcionen de acuerdo con el efecto de bola de nieve, el cual conforme se va a avanzado, va incrementando su tamaño y la proporción del problema se hace cada vez más grande y complejo.

Documento original elaborado por:

 Lic. Juan José Tan Martínez

 C.Ps.P. 9110.



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